EL ARCHIVO MARX - ENGELS - ROSA - LENIN - TROTSKY - MAO - HO - CHE - WALLERSTEIN - EZLN
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      Obras de TROTSKY

      1929-1932: Capítulo 15. Los bolcheviques y Lenin, de la Historia de la Revolución Rusa

      (viene de pg. anterior)

      Al propio tiempo, Lenin trazaba una línea divisoria clara entre él y la mayoría del Soviet, arrojando a ésta al campo enemigo. «Bastaba esto, en los tiempos que corrían, para que el vértigo se apoderara de los oyentes.»

      «Sólo la izquierda zimmerwaldiana defiende los intereses proletarios y los de la revolución mundial -dijo Lenin, según la transcripción irritada de Sujánov-. Los demás son oportunistas como los otros, de los que dicen buenas palabras y, en la práctica..., traicionan al socialismo y a las masas obreras.»

      «Lenin atacó decididamente la táctica de los elementos dirigentes del partido y los diferentes camaradas antes de llegar él -dice Raskolnikov-, completando la referencia de Sujánov-. Estaban presentes los militares más responsables del partido. pero para ellos el discurso de Ilich fue un verdadero descubrimiento y tendió un Rubicón entre la táctica de ayer y la de hoy.» El Rubicón, como veremos, no se tendió tan pronto.

      El discurso no suscitó discusión: todo el mundo estaba como apabullado y quería poner un poco de orden en sus ideas. «Salí a la calle -termina Sujánov- con la sensación de que me habían golpeado la cabeza con un hierro. Sólo veía una cosa clara: ¡No, yo no podría seguir jamás el camino trazado por Lenin!» ¡Claro que no! ¡Pues no faltaba más!

      Al día siguiente, Lenin sometió al partido una breve exposición por escrito de sus puntos de vista y que con el nombre de «tesis del 4 de abril» había de convertirse en uno de los documentos más importantes de la revolución. Las tesis expresaban ideas sencillas en palabras no menos sencillas, accesibles a todo el mundo. La república, fruto de la insurrección de Febrero, no es nuestra república, ni la guerra que mantiene es nuestra guerra. La misión de los bolcheviques consiste en derribar al gobierno imperialista. Éste se sostiene gracias al apoyo de los socialrevolucionarios y mencheviques, que a su vez se apoyan en la confianza que en ellos tienen depositada las masas populares. Nosotros representamos una minoría. En estas condiciones no se pude ni siquiera hablar del empleo de la violencia por nuestra parte. Hay que enseñar a la masa a desconfiar de los conciliadores y defensistas. «Hay que aclarar la situación pacientemente.» El éxito de esta política, impuesta por la situación, es seguro y nos conducirá a la dictadura del proletariado, y con ella a la superación del régimen burgués. Romperemos completamente con el capital, publicaremos sus tratados secretos y llamaremos a los obreros de todo el mundo a romper con la burguesía y a poner fin a la guerra. Iniciaremos la revolución internacional. Sólo el triunfo de ésta consolidará el nuestro y asegurará el tránsito al régimen socialista.»

      Las tesis de Lenin fueron publicadas exclusivamente como obra suya. Los organismos centrales del partido las acogieron con una hostilidad sólo velada por la perplejidad. Nadie, ni una organización, ni un grupo, ni una persona, estampo su firma al pie de ese documento. Incluso Zinóviev, que había llegado con Lenin del extranjero, donde su pensamiento se había formado durante diez años bajo la influencia directa y cotidiana del maestro, se apartó silenciosamente a un lado. Y este apartamiento no tenía nada de inesperado para el maestro, que conocía muy bien a su discípulo. Kámenev era un propagandista y vulgarizador; Zinóviev, un agitador y nada más que un agitador, según frase de Lenin. Para ser jefe, le faltaba, sobre todo, el sentido de la responsabilidad. Y no sólo esto. Su pensamiento, carente de disciplina interna, es absolutamente incapaz de toda labor teórica y se disuelve en la intuición informe del agitador. Gracias a esta intuición excepcionalmente aguda, Zinóviev cogía siempre al vuelo las fórmulas de que necesitaba, es decir, las que le facilitaban un influjo más efectivo sobre las masas. Lo mismo como orador que como periodista, es siempre, invariablemente, un agitador, con la diferencia de que en los artículos se destacan más sus lados flojos, mientras que en los discursos predominan los fuertes. Zinóviev, mucho más intrépido e impetuoso para la agitación que ningún otro bolchevique, es aún más incapaz que Kámenev de toda iniciativa revolucionaria. Es indeciso, como todos los demagogos. Al pasar de la palestra de las querellas intestinas a los combates directos de masas, Zinóviev se apartaba casi automáticamente de su maestro.

      Durante estos últimos años, no han faltado tentativas encaminadas a demostrar que la crisis sufrida por el partido en abril no fue más que una desorientación pasajera y casi casual. Al menor contacto con los hechos, estas tentativas se desvanecen. (1)

      Lo que ya sabemos respecto a la actuación del partido en el transcurso del mes de marzo nos revela la existencia de discrepancias profundísimas entre Lenin y los dirigentes petersburgueses. Precisamente en el momento de llegar Lenin a Petrogrado estas discrepancias cobraban su máxima tensión. A la par que la asamblea de representantes de los 82 soviets, en que Kámenev y Stalin votaron por la proposición acerca del poder presentada por los socialrevolucionarios y los mencheviques, celebrábase en Petrogrado una reunión de bolcheviques llegados de todos los puntos de Rusia. Esta reunión, a la que Lenin sólo asistió hacia el final, tiene excepcional interés, pues revela el estado de espíritu y las opiniones del partido, o, por mejor decir, de su sector dirigente tal y como había salido de la guerra. La lectura de las actas, que hasta hoy nos deja a menudo perplejos, sugiere esta pregunta: ¿es posible que un partido representado por aquellos delegados pudiera tomar el poder con mano férrea siete meses después¿

      Ha transcurrido ya un mes desde el derrumbamiento de la autocracia, plazo considerable tanto para la revolución como para la guerra. Sin embargo, en el partido no se han definido aún las posiciones acerca de los problemas más candentes de la revolución. Los patriotas extremos como Voitinski, Eliava y otros tomaban parte en la reunión al lado de los que se consideraban internacionalistas. El tanto por ciento de patriotas declarados, aunque incomparablemente inferior al de los mencheviques, era considerable. La conferencia dejó en pie la cuestión que se planteaba: ¿separarse los patriotas del partido, o unirse a los patriotas mencheviques? En los intervalos de las sesiones de la asamblea bolchevista celebrábanse otras en que tomaban parte conjuntamente los bolcheviques y los mencheviques delegados a la conferencia soviética, con el fin de deliberar acerca de la guerra. El más exaltado de los patriotas mencheviques, Líber, declaró en esta reunión: «Hay que dejar a un lado la antigua división en bolcheviques y mencheviques y tratar exclusivamente nuestra actitud ante la guerra.» El bolchevique Voitinski se apresuró a proclamar que estaba dispuesto a poner su firma debajo de todas y cada una de las palabras de Líber. Todos revueltos, bolcheviques y mencheviques, patriotas e internacionalistas, buscaban una fórmula común para expresar su actitud ante la guerra.

      Donde las opiniones de la asamblea bolchevique hallaron, indudablemente, su expresión más adecuada fue en el informe de Stalin acerca de la actitud que habría de mantenerse frente al gobierno provisional. No hay más remedio que reproducir aquí la idea central de este informe, que, al igual que las citadas actas, no ha visto hasta ahora la luz. «El poder está compartido por dos órganos, ninguno de los cuales tiene su plenitud. Entre ellos hay, y necesariamente tiene que haber, rozamientos y luchas. Los papeles se han repartido. El Soviet ha asumido, de hecho, la iniciativa de las transformaciones revolucionarias; el Soviet es el guía revolucionario del pueblo insurreccionado, un órgano destinado a controlar al gobierno provisional. Este, por su parte, ha abrazado, en la práctica, la misión de consolidar las conquistas del pueblo revolucionario. El Soviet moviliza las fuerzas, controla. El gobierno provisional, resistiendo, tropezando, se asigna por cometido consolidar las conquistas del pueblo arrancadas ya de un modo efectivo por éste. Esta situación tiene aspectos negativos, pero también positivos: no nos convendría forzar por ahora los acontecimientos, acelerando el proceso de eliminación de los sectores burgueses, que más tarde deberán inevitablemente apartarse de nosotros.»

      El ponente, pasando por alto el concepto de clase, enfoca las relaciones entre la burguesía y el proletariado como una simple división del trabajo. Los obreros y soldados hacen la revolución, Guchkov y Miliukov la «consolidan». Es exactamente la concepción tradicional del menchevismo, una mala copia de los acontecimientos de 1789. Esta actitud de mera observación expectativa ante el proceso histórico, la asignación de «misiones» a las distantes clases y la vigilancia crítica y tutelar de su cumplimiento, no puede ser más menchevique. La idea de que no es conveniente acelerar el desplazamiento de la burguesía por la revolución fue siempre el criterio supremo de toda la política del menchevismo. Esto, en la práctica, significaba frenar, poner sordina al movimiento de las masas para no asustar a los aliados liberales. Finalmente, las conclusiones de Stalin respecto al gobierno provisional entran de lleno en la fórmula equívoca de los conciliadores: «Hay que apoyar al gobierno provisional en la medida en que éste consolide los avances de la revolución; por el contrario, no se le deberá apoyar en aquello en que sea contrarrevolucionario.»

      El informe de Stalin fue presentado el día 29 de marzo. Al día siguiente, el ponente oficial de la asamblea de los soviets, el socialdemócrata Stieklov, que se hallaba al margen de todo el partido, al defender aquel criterio de apoyo condicionado al gobierno provisional, trazaba, arrastrado por la elocuencia, un cuadro tal de la actuación de estos «consolidadores» de la revolución -resistencia a las reformas sociales, tendencias monárquicas, protección a las fuerzas contrarrevolucionarias, apetitos anexionistas- que la conferencia de los bolcheviques, inquieta, hubo de abandonar la fórmula de apoyo. El bolchevique de derecha Noguin, declaró: «El informe de Stieklov ha aportado nuevos elementos de juicio; claro está que ahora no se puede ya hablar de apoyo, sino, por el contrario, de resistencia.» Skripnik llegaba también a la conclusión de que, después del informe de Stieklov, «las cosas han cambiado mucho: ya no se puede hablar de apoyar al gobierno provisional; nos hallamos en presencia de un complot tramado por éste contra el pueblo y la revolución.» Un día antes de que trazarán aquel cuadro idílico de «división del trabajo» entre el gobierno provisional y el Soviet, Stalin viose obligado a suprimir el punto relativo al apoyo. Se promovieron unos cuantos debates breves y superficiales en torno a la cuestión de saber si debería apoyarse al gobierno provisional «en la medida en que...», o únicamente su acción revolucionaria. Vasiliev, delegado de Saratov, declaró, no sin fundamento. «Respecto al gobierno provisional, tenemos todos una misma actitud.» Krestinski formuló la situación de un modo todavía más claro: «Entre Stalin y Voitinski no hay discrepancias, por lo que a la actuación práctica se refiere.» Krestinski no estaba completamente falto de razón, a pesar de que Voitinski se pasó a los mencheviques inmediatamente después de la conferencia; Stalin suprimió la alusión al apoyo, pero el apoyo como tal quedó en pie. El único que intentó plantear la cuestión desde el punto d vista de los principios fue Krasikov, uno de aquellos viejos bolcheviques que habían estado apartados del partido durante una serie de años y que ahora intentaban retornar a sus filas cargados con el peso de la experiencia de la vida. Krasikov no se asustó de llamar a las cosas por su nombre: «¿Es que os disponéis, acaso, a instaurar la dictadura del proletariado?», preguntaba irónicamente. Pero la conferencia pasó por alto la ironía, y, con ello, la pregunta, como cosa poco digna de atención. La resolución votada por la conferencia invitaba a la democracia revolucionaria a impulsar al gobierno provisional «a luchar con todas sus fuerzas por liquidar de raíz el viejo régimen»; es decir, que reservaba al partido el papel de institutriz de la burguesía.

      Al día siguiente se deliberó acerca de la proposición presentada por Tsereteli sobre la unión de bolcheviques y mencheviques. Stalin acogió la proposición con toda simpatía: «Debemos acceder a lo solicitado. Es necesario que definamos nuestro punto de vista acerca de la unificación. Ésta podrá realizarse sobre las bases de Zimmerwald-Kienthal.» Mólotov, separado por Kámenev y Stalin de la Pravda a causa de la orientación excesivamente radical que imprimía al periódico, objetó que Tsereteli pretendía unir a elementos heterogéneos, que él se calificaba también de zimmerwaldiano y que la unión así concebida sería falsa. Pero Stalin insistía en su punto de vista: «No hay por qué adelantarse a los acontecimientos -decía- y hablar de antemano de discrepancias. Sin discrepancias de criterio no cabe vida de partido; en el seno de éste, acabaremos con las pequeñas desavenencias.» Diríase que toda la lucha sostenida por Lenin contra el socialpatriotismo y su máscara pacifista durante los años de la guerra había sido completamente inútil. En septiembre de 1916, Lenin escribía a Petrogrado con gran insistencia, por medio de Chliapnikov: «El espíritu conciliador y las tendencias unificadoras es lo más nocivo que pueda existir para el partido obrero en Rusia; es, no sólo una idiotez, sino la ruina del partido... Sólo podemos fiarnos de los que han sabido comprender todo el engaño que se encierra en la idea de unidad y la necesidad de romper con toda esa cofradía (con Cheidse y compañía) en Rusia.» Pero esta advertencia pasó desapercibida. Stalin entendía que las discrepancias de criterio con Tsereteli, director del bloque del Soviet, eran pequeñas desavenencias con las que se podía acabar dentro del partido unificado. Este criterio es el que mejor refleja las ideas de Stalin en aquel entonces.

      El 4 de abril, Lenin se presenta en la conferencia bolchevista. Su discurso, encaminado a comentar las «tesis», equivale, dentro de las tareas prácticas de la conferencia, a la esponja húmeda del maestro que borra todo lo escrito en el encerado por el alumno sin preparación. «¿Por qué no se ha tomado el poder?», pregunta Lenin. Poco antes, Stieklov había explicado confusamente, en la asamblea del Soviet, las causas de la abstención: el carácter burgués de la revolución, la «primera etapa», la guerra, etc. «Esto absurdo -declara Lenin-. La única razón es que el proletariado no es lo bastante consciente todavía ni está suficientemente organizado. Hay que reconocerlo. La fuerza material reside en manos del proletariado; pero la burguesía ha resultado ser más consciente y estar mejor preparada. Es un hecho monstruoso, pero hay que reconocerlo franca y abiertamente y decir al pueblo que si no ha tomado el poder, ha sido por su desorganización y la falta en él de una conciencia clara.»

      Lenin sacó el problema de la madriguera de falso objetivismo en que se atrincheraban los elementos del partido que habían capitulado políticamente, para situarla en el terreno subjetivo. El proletariado no había tomado el poder en febrero, porque le partido de los bolcheviques no estuvo a la altura de su misión objetiva y no pudo impedir que los conciliadores expropiaran políticamente a las masas del pueblo en provecho de la burguesía.

      Todavía el día anterior, el abogado Krasikov decía, en tono de reto: «Si entendemos que ha llegado el momento de implantar la dictadura del proletariado, hay que plantear la cuestión así. La fuerza física, en el sentido de la toma del poder, está indudablemente con nosotros.» Al llegar aquí, el presidente quitó la palabra a Krasikov, alegando que se estaban discutiendo objetivos prácticos y que el problema de la dictadura no figuraba en el orden del día. Pero Lenin estimaba que el único problema verdaderamente práctico que se planteaba era precisamente el de preparar la dictadura del proletariado. «La característica del momento actual en Rusia -decía en sus «tesis»- consiste en el tránsito de la primera etapa de la revolución, que ha dado el poder a la burguesía por carecer el proletariado de la organización y la claridad de conciencia necesarias a la segunda, que deberá entregar el poder al proletariado y a los campesinos pobres.»

      La conferencia bolchevique, siguiendo las huellas de la Pravda, circunscribía los objetivos de la revolución a las transformaciones democráticas que habrían de realizarse por medio de la Asamblea constituyente. Lenin, por el contrario, declaraba: «La realidad viva y la revolución relegan la Asamblea constituyente a segundo término... La dictadura del proletariado existe, pero no se sabe qué hacer con ella.»

      Los delegados se miraban unos a otros, se decían que Ilich había pasado demasiado tiempo en el extranjero, que no se había dado plena cuenta de la situación, que estaba orientada. Pero el informe de Stalin acerca de una prudente división del trabajo entre el gobierno provisional y el Soviet se hundió para siempre y sin remedio en el pasado que no vuelve. Stalin, después de aquello, sello los labios. Se estará largo tiempo callado. Sólo Kámenev se alzará para defenderse.

      Ya desde Ginebra, Lenin advertía en sus cartas que estaba dispuesto a romper con todo el que hiciera la menor concesión en punto a la guerra y al chauvinismo o se inclinase a pactar con la burguesía. Ahora, puesto frente a frente con el sector dirigente del partido, se lanza al ataque en toda la línea. Por el momento, no cita todavía nombres de bolcheviques. Si tiene necesidad de aludir a algún ejemplo viviente de falsedad o de medias tintas, señala con el dedo a los elementos que se hallan fuera del partido, a Stieklov o a Cheidse. Es el procedimiento habitual de Lenin: no dejar a nadie abandonado en su posición prematuramente, con el fin de darle tiempo a volver al buen camino, debilitando con ello de antemano la posición de los futuros enemigos declarados. Kámenev y Stalin entendían que, después de Febrero, el soldado y el obrero que luchaban en las trincheras, defendían la revolución. Lenin opina que el soldado y el obrero siguen encadenados a la guerra como forzados de galeras del capital. «Hasta nuestros bolcheviques -dice, estrechado el cerco de los adversarios- manifiestan confianza en el gobierno. Esto sólo se puede explicar por la embriaguez de la revolución. Es la ruina del socialismo... Si es así, tendremos que tomar caminos distintos; aunque para ello tenga que quedarme en minoría.» No se trata de una simple amenaza oratoria: se ve que es una senda clara y meditada que sabe adonde conduce.

      Lenin, que no quiere nombrar a Kámenev ni a Stalin, se ve obligado, sin embargo, a mentar el periódico: «La Pravda exige del gobierno que renuncie a las anexiones. Exigir que un gobierno de capitalistas renuncie a las anexiones es una estupidez, es una burla escandalosa...» La indignación contenida sale aquí a la superficie en una nota aguda. Pero el orador se domina inmediatamente; está dispuesto a decir todo lo que sea necesario, pero ni una sola palabra superflua. De paso, Lenin da normas incomparables de política revolucionaria: «Cuando las masas declaran que no quieren conquistas, hay que creerlas; pero cuando Guchkov y Lvov dicen lo mismo, son unos impostores. Cuando el obrero dice que lucha por la defensa del país, habla en él el instinto del hombre oprimido.» Este criterio, llamado por su nombre, parece simple como la vida misma, pero la dificultad consiste precisamente en eso, en llamarlo a tiempo por su nombre.

      Refiriéndose al manifiesto del Soviet «A todos los pueblos del mundo», que había dado pie al periódico liberal Riech para declarar que el pacifismo se transformaba en Rusia en una ideología común a «nosotros y a nuestros aliados», Lenin se expresa todavía con más precisión y de un modo más contundente: «Lo que caracteriza a Rusia es el tránsito gigantescamente rápido de la violencia brutal a la añagaza más refinada.»

      «Si este manifiesto -escribía Stalin, hablando de él- llega hasta las grandes masas de Occidente, hará indudablemente a miles de obreros volver los ojos al grito olvidado: ¡Proletarios de todos los países, uníos!»

      «En el manifiesto del Soviet -objeta Lenin- no hay ni una palabra impregnada de conciencia de clase, frases todo y nada más que frases.» Este documento, del que tanto se enorgullecían los zimmerwaldianos domesticados, no era a los ojos de Lenin, más que un instrumento de aquella «refinada añagaza».

      Antes de llegar Lenin, la Pravda no hablaba para nada de la izquierda zimmerwaldiana. Al referirse a la Internacional, no indicaba concretamente cuál. Esto era lo que Lenin calificaba de «kautskismo» de la Pravda. «En Zimmerwald y Kienthal -declaraba, en la conferencia del partido- prevaleció el centro... Nosotros declaramos que constituíamos la izquierda y rompimos con el centro. Las tendencias de la izquierda zimmerwaldiana existen en todos los países del mundo. Las masas deben comprender que el socialismo se ha escindido en todas partes....»

      Tres días antes, Stalin proclamaba en aquella misma asamblea que estaba dispuesto a liquidar las discrepancias de criterio con Tsereteli sobre las bases de Zimmerwald-Kienthal, es decir, sobre las bases del «kautskismo». «He oído decir que en Rusia hay una tendencia unificadora -decía Lenin- de unificación con los defensistas, y declaro que sería una traición contra el socialismo. A mi juicio, vale más quedarse solo, como Liebknecht. ¡Uno contra ciento diez!» La acusación de traición contra el socialismo, que, por ahora, se lanza todavía contra alguien a quien no se nombra, es algo más que una «palabra fuerte», pues expresa perfectamente la actitud de Lenin frente a los bolcheviques que tendían un dedo a los socialpatriotas. Al contrario de Stalin, que juzgaba posible la unión con los mencheviques, Lenin considera inadmisible seguir compartiendo con ellos el nombre de socialdemócratas. «Personalmente propongo -dice- que modifiquemos el nombre del partido, llamándolo partido comunista.» «Personalmente» quería decir que ninguno de los que tomaban parte en la conferencia estaba de acuerdo con aquel gesto simbólico de ruptura definitiva con la II Internacional.

      «¿Teméis traicionar los viejos recuerdos? -dice el orador a los delegados, confusos, perplejos, algunos indignados-. Ha llegado el momento de cambiar de ropa interior, el momento de quitarse la camisa sucia y ponerse otra limpia.» E insiste nuevamente: «No os aferréis a un viejo término podrido hasta la médula. Constituid un nuevo partido... y todos los oprimidos del mundo vendrán a vuestro lado.»

      Ante la grandiosidad de la misión aún no iniciada, ante la confusión ideológica que reina en las propias filas, la idea fija del tiempo precioso, estúpidamente malgastado en recepciones, saludos, homenajes, acuerdos rituales, arranca un grito al orador: «¡Basta de saludos y de resoluciones; es hora ya de poner manos a la obra de entregarse a una labor práctica y sobria!»

      Una hora después, Lenin, en la reunión mixta de bolcheviques y mencheviques, ya convocada, se veía obligado a repetir su discurso, que a la mayoría de los oyentes pareció algo así como una burla o un delirio. Los más condescendientes se alzaban de hombros. ¡Ese hombre ha caído de la Luna: apenas se ha apeado en la estación de Finlandia, después de una ausencia de diez años, y predica de sopetón la toma del poder por el proletariado! Los patriotas más malévolos recordaban lo del «vagón precintado». Stankievich atestigua que el discurso de Lenin llenó de alegría a sus adversarios: «Un hombre que dice tales tonterías no es peligros. Esta bien que haya venido, para ponerse en evidencia ante todo el mundo... El mismo se quitará de en medio.»

      Sin embargo, a pesar de toda su audacia revolucionaria, a pesar de la decisión inflexible de romper incluso con los correligionarios y compañeros de armas de muchos años, que no fuesen capaces de marchar abrazados con la revolución, el discurso de Lenin, en que todas las partes guardan un equilibrio armónico, está impregnado de un profundo realismo y de un sentido inequívoco de las masas. Precisamente por esto tenía que parecerles fantástico a aquellos demócratas, que no sabían más que deslizarse por la superficie.

      Los bolcheviques representan una pequeña minoría en los soviets, y Lenin piensa en tomar el poder. ¿Qué era esto más que aventurerismo? No; en el modo como Lenin planteaba la cuestión no había ni un ápice de aventurerismo. Lenin no cierra ni un momento los ojos ante el estado de espíritu «honradamente: defensista que reina en las masas. Sin fundirse con ellas, no se dispone a obrar a sus espaldas. «Nosotros no somos unos charlatanes -dice, saliendo al paso de los futuros reproches y objeciones, y sólo hemos de apoyarnos en la conciencia de las masas. No importa que nos veamos obligados a estar en minoría. Si es así, vale la pena renunciar por algún tiempo al papel de dirigentes; no, no temamos quedarnos en minoría.» No temamos quedarnos en minoría, aunque ésta sea sólo ¡de uno contra ciento diez!, como Liebknecht. He aquí el leit motiv de todo el discurso.

      «El verdadero gobierno es el Soviet de diputados obreros... En el Soviet, nuestro partido representa una minoría... ¡Qué le vamos a hacer! No tenemos mas remedio que explicar pacientemente, con insistencia, de un modo sistemático lo erróneo de la táctica desplegada. Mientras seamos minoría, realizaremos una labor de crítica para librar a las masas del engaño. No queremos que éstas den crédito exclusivamente a nuestras palabras. Nosotros no somos unos charlatanes. Queremos que las masas se libren de sus errores de la mano de la experiencia.» No hay que temer quedarse en minoría. No para siempre, sino por algún tiempo. Ya llegará el tiempo del bolchevismo. «La experiencia demostrará que nuestra orientación es acertada... La guerra traerá a nuestro lado a todos los oprimidos. Es el único camino que les queda.»

      «En la conferencia unificadora -cuenta Sujánov- Lenin fue la encarnación viva de la escisión... Recuerdo a Bogdanov (menchevique destacado), que estaba sentado a dos pasos de la tribuna de los oradores. ¡Esto es un delirio -decía, interrumpiendo a Lenin-, es el delirio de un loco!... ¡Es una vergüenza que se aplauda este galimatías -gritaba lívido de indignación y de desprecio dirigiéndose, al auditorio-; os estás llenando de oprobio! ¡Y aún os llamáis marxistas!»

      El exmiembro del Comité central bolchevista, Goldenberg, que en aquel entonces se hallaba fuera del partido, enjuició el debate de las tesis de Lenin de este modo categórico: «El puesto de Bakunin en la revolución rusa, vacante durante tantos años, viene a ocuparlo ahora Lenin.»

      «Su programa -escribe a la vuelta de algún tiempo, el socialrevolucionario Zenzinov- fue entonces acogido más con burla que con indignación. Tan absurdo le parecía a todo el mundo.»

      Aquel mismo día por la noche, en una conversación que tuvieron dos socialistas con Miliukov, en la antesala de la Comisión de enlace, salió el tema de Lenin. Skobelev dijo que era «un hombre completamente gastado que se halla al margen del movimiento». Sujánov hizo suya la opinión de Skobelev, y añadió que Lenin era «tan indeseable para todo el mundo, que actualmente no supone absolutamente ningún peligro para mi interlocutor Miliukov». Y, sin embargo, en aquella conversación los papeles se repartían exactamente tal y como lo había pronosticado Lenin: los socialistas salvaguardan la tranquilidad del liberal contra los quebraderos de cabeza que pudiera causarle el bolchevismo.

      Los rumores de que todo el mundo tenía a Lenin por un mal marxista llegaron hasta al embajador británico. «Entre los anarquistas que han llegado del extranjero -escribía Buchanan- está Lenin, que ha venido de Alemania en un vagón precintado. Lenin se ha presentado al público por primera vez en una asamblea del partido socialdemócrata, y ha sido mal acogido.»

      El que más cauto se mostró en aquellos días con Lenin fue seguramente Kerenski, que, inesperadamente, hablando con los miembros del gobierno provisional, declaró que quería ir a ver a Lenin, y como la perplejidad de sus interlocutores le dictase algunas preguntas, las contestó del siguiente modo: «¿No veis que vive completamente aislado, que no sabe nada, que lo ve todo a través de los lentes de su fanatismo, que no tiene nadie a su lado que pueda orientarle acerca de la realidad?» Tales fueron sus palabras, según testimonio de Nabokov. De todos modos, Kerenski no dispuso de tiempo para ir a orientar a Lenin «acerca de la realidad».

      Las tesis leninistas de abril no sólo provocaron el asombro y la indignación de los enemigos y adversarios sino que empujaron a una serie de viejos bolcheviques al campo del menchevismo o al de aquel grupo intermedio que se congregaba en torno al periódico de Gorki. Estas bajas no tuvieron una importancia política considerable.

      Incomparablemente más importante fue la impresión que la actitud de Lenin produjo a todo el sector dirigente del partido. «En los primeros días de su llegada -dice Sujánov-, su completo aislamiento entre todos los compañeros conscientes del partido no ofrece la menor duda.» «Incluso sus correligionarios, los bolcheviques, confirma el socialrevolucionario Zenzinov, le volvieron, confusos, la espalda.» Los autores de estas referencias se veían a diario con los dirigentes bolcheviques en el Comité ejecutivo, y tenían noticias frescas. Mas tampoco faltan testimonios congruentes de las filas bolcheviques. «Cuando aparecieron las tesis de Lenin -recordaba más tarde Zichon, esfumando considerablemente las tintas, como la mayoría de los viejos bolcheviques desorientado en el momento de la revolución de Febrero-, en nuestro partido se notaron algunas vacilaciones. Muchos camaradas entendían que Lenin era víctima de una aberración sindicalista, que había perdido el contacto con la realidad rusa, que no tenía en cuenta la situación, el momento, etc.» Uno de los militantes provinciales de más relieve, Lebedev, escribe: «Al llegar Lenin a Rusia, su posición, incomprensible en un principio aun para los propios bolcheviques, a los cuales nos parecía utópica e informada por su prolongado apartamiento de la vida rusa, fue asimilada poco a poco por nosotros, hasta que acabamos, por decirlo así, por impregnarnos de ella.» Zalechski, miembro del Comité de Petrogrado y uno de los organizadores de la recepción, se expresa de un modo más concreto: «Las tesis de Lenin cayeron como una bomba.» Zalechski confirma completamente el aislamiento absoluto en que se dejó a Lenin después de la recepción calurosa e imponente que se le tributó. «En aquel día (4 de abril), el camarada Lenin no encontró un partidario resuelto ni aun dentro de nuestras filas.»

      Sin embargo, todavía es más importante el testimonio de la Pravda. El 8 de abril cuatro días después de publicarse las tesis, cuando había ya la posibilidad de explicarse sin empacho y de comprenderse mutuamente, la redacción de la Pravda decía: «Por lo que se refiere al esquema general del camarada Lenin, lo juzgamos inaceptable, en cuanto arranca del principio de que la revolución democrático-burguesa ha terminado ya y se orienta en el sentido de transformarla inmediatamente en revolución socialista.» Como se ve, el órgano central del partido declaraba abiertamente ante la clase obrera y ante sus enemigos que discrepaba del jefe universalmente reconocido del partido en punto al problema fundamental de la revolución, para la cual habían estado preparándose durante tantos años los cuadros bolcheviques. Basta eso para apreciar en toda su hondura la crisis del partido en el mes de abril, crisis que se produjo como resultado del choque de dos tendencias irreductibles. De no haberse vencido esta crisis, la revolución no hubiera podido seguir adelante.

      (1) En el gran trabajo colectivo publicado bajo la dirección del profesor Pokrovski Apuntes para la historia de la Revolución de Octubre (t. II. Moscú, 1927), se dedica a la «desorientación» de abril un escrito apologético de un tal Baievski, que por falta absoluta de escrúpulos con que maneja los hechos y los documentos habría que cualificar de cínico, si su pueril impotencia no apareciera tan al desnudo. Texto

      Capítulo 16. Cambio de orientación del partido bolchevique

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